Cuando el ruido sustituye al periodismo

Lo que algunos intentan vender como “periodismo valiente” no es más que una degradación preocupante del oficio. El caso de Vito Quiles se ha convertido en un ejemplo evidente de cómo ciertas prácticas, basadas en la confrontación constante, la provocación y la falta de respeto, erosionan la credibilidad del conjunto de la profesión.

No se trata de incomodar al poder —eso es, precisamente, una de las funciones esenciales del periodismo—, sino de cómo se hace. Convertir cada intervención en un espectáculo de tensión, elevar el tono hasta lo agresivo y buscar el enfrentamiento personal no es fiscalizar: es generar ruido. Y el ruido, por definición, no informa.

En el periodismo tradicional, la pregunta es una herramienta para obtener datos o contrastar versiones. En las prácticas de confrontación, la pregunta se convierte en una acusación o en una trampa dialéctica diseñada no para informar, sino para provocar una reacción airada que luego pueda ser editada y viralizada en redes sociales.

En este modelo, la pregunta se formula como una acusación encubierta o una trampa dialéctica, diseñada no para esclarecer hechos, sino para provocar una respuesta tensa, incómoda o incluso airada. El objetivo no es informar, sino generar un momento de conflicto que, posteriormente, pueda ser recortado, editado y amplificado en redes sociales

La insistencia invasiva, la interrupción constante y la teatralización de las preguntas no aportan contexto ni profundidad. Al contrario, vacían el contenido y lo sustituyen por una escenificación que busca viralidad antes que verdad. Este tipo de comportamiento no solo falta al respeto a las personas interpeladas, sino también a los ciudadanos que esperan información rigurosa y útil.

Lo más preocupante no es solo el estilo, sino el precedente que se intenta normalizar. Si se acepta que todo vale por una cámara o un titular, se abre la puerta a un modelo donde el periodista deja de ser un mediador entre la realidad y la sociedad para convertirse en un generador de conflicto.

La falta de límites y el exceso de confrontación están debilitando el papel del informador como mediador entre la realidad y la sociedad

Conviene decirlo claro: no todo es periodismo. Y no todo puede justificarse bajo el paraguas de la libertad de prensa. La crítica firme y el cuestionamiento incómodo son necesarios; la provocación sistemática y la falta de respeto, no.

Rechazar estas prácticas no es atacar la libertad de expresión, sino defenderla. Porque sin rigor, sin respeto y sin límites profesionales, el periodismo pierde su función y se convierte en otra cosa: puro espectáculo disfrazado de información.

 

Paco Ciclón / Testigo de nuestras historias cotidianas

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