Llegué pronto al monte Castro con mi cámara y con varios compañeros fotógrafos. Algunos venían preparados para intentar fotografiar el eclipse; otros simplemente querían disfrutar del fenómeno con sus propios ojos. Yo tenía claro desde el principio que mi intención era diferente: quería fotografiar el ambiente, a las personas, sus caras, sus preparativos y, sobre todo, la reacción de quienes habían decidido subir hasta allí para vivir aquel momento.
Y pronto quedó claro que no iba a estar solo.
Poco a poco comenzaron a llegar familias, grupos de amigos y hasta parejas que habían elegido aquel lugar para compartir una tarde que se presentaba especial. Muchos llevaban sus gafas de observación solar, sillas de playa para estar cómodos, bocadillos y bebidas frías. Todo parecía perfectamente preparado.
El cielo, además, acompañaba. Estaba despejado y la temperatura permitía permanecer allí sin demasiadas dificultades. Desde nuestra posición, mientras seguía llegando gente, parecía que nada podía salir mal.
El monte Castro tenía espacio de sobra para todos. Cada grupo fue buscando su rincón, colocando sus sillas, preparando sus cámaras y mirando de vez en cuando hacia el cielo. Algunos hablaban, otros esperaban pacientemente y los más pequeños seguían jugando sin prestar demasiada atención a lo que estaba a punto de suceder.
La espera parecía perfecta
El eclipse del 12 de agosto de 2026 era un acontecimiento astronómico especialmente esperado. La franja de totalidad atravesó buena parte del norte y centro de España hasta alcanzar la Comunidad Valenciana y las Baleares. Sin embargo, desde Elche el fenómeno se observó como un eclipse parcial, aunque con una ocultación extraordinariamente elevada: el Instituto Geográfico Nacional calcula una magnitud de 0,99 para el municipio, con el máximo alrededor de las 20:34 horas y el Sol muy bajo sobre el horizonte.
Pero nosotros no estábamos pensando en cifras ni en mapas. Estábamos allí para verlo.
Y durante buena parte de la tarde todo parecía indicar que íbamos a tener suerte.
Hasta que llegaron las nubes.
Justo cuando más lo esperábamos
Recuerdo perfectamente el momento. El cielo que hasta entonces nos había acompañado comenzó a cubrirse precisamente cuando el eclipse se acercaba a su momento más esperado.
Nos mirábamos unos a otros sin saber muy bien qué decir.
Después de preparar las cámaras, buscar el lugar adecuado y esperar durante tanto tiempo, las nubes parecían empeñadas en ponerse justo delante del Sol.
Lo tomamos con humor porque poco más podíamos hacer.
Los niños, que habían estado jugando desde el principio, continuaron a lo suyo. Para ellos, las nubes no parecían tener ninguna importancia. Mientras los mayores mirábamos hacia arriba con cierta frustración, ellos seguían jugando completamente ajenos al pequeño drama astronómico que estábamos viviendo.
Para quienes habíamos subido con la intención de fotografiar el fenómeno, sin embargo, la situación era diferente.
La fotografía que algunos llevábamos horas esperando parecía escaparse entre las nubes.
El monte se vacía y aparece la sorpresa
Finalmente decidimos abandonar el monte Castro.
Comenzamos el descenso por el estrecho camino de acceso y, cuando ya pensaba que la historia había terminado, me encontré con un vehículo detenido.
Al principio pensé que sus ocupantes podían necesitar ayuda.
Pero enseguida comprendí lo que estaba ocurriendo.
Todos habían salido del vehículo y, casi al mismo tiempo, comenzaron a colocarse las gafas para observar el eclipse.
Había aparecido un claro entre las nubes.
No había tiempo que perder.
Rápidamente bajamos también de nuestro coche, nos colocamos las gafas y miramos hacia el cielo. Después de toda la espera, de las nubes y de la decepción de unos minutos antes, finalmente tuvimos nuestra pequeña recompensa.
Pudimos contemplar el tramo final del eclipse a través de aquel claro que se había abierto casi como si el cielo nos estuviera dando una última oportunidad.
No fue la fotografía perfecta que algunos compañeros habían venido buscando. Alguno se quedó con las ganas de conseguir la imagen del eclipse que había imaginado durante días.
Pero, sinceramente, después de todo lo ocurrido, creo que aquel último vistazo tuvo algo especial.
Al final también quedó la historia
Yo había subido al monte Castro con la intención de fotografiar a las personas y no solamente al eclipse.
Y quizá, sin saberlo, terminé encontrando exactamente lo que buscaba.
Las fotografías muestran a familias esperando, amigos compartiendo la experiencia, personas equipadas con sus gafas solares, cámaras preparadas, telescopios, sillas desplegadas y niños jugando. También muestran ese instante de incertidumbre en el que las nubes nos hicieron pensar que nos quedaríamos sin ver prácticamente nada.
Y muestran, finalmente, que siempre puede aparecer un pequeño claro.
El eclipse nos recordó algo que quienes llevamos una cámara conocemos bien: no siempre podemos decidir qué vamos a fotografiar. Podemos preparar el equipo, elegir el lugar, esperar durante horas y tenerlo todo previsto. Pero hay cosas que quedan fuera de nuestro control.
A veces es una nube.
Otras veces es la luz.
Y en ocasiones, como ocurrió ayer en el monte Castro, precisamente cuando parece que todo está perdido, aparece un pequeño claro que cambia la historia.
Quizá por eso, más que una crónica sobre un eclipse, para mí esta es una historia sobre las personas que decidieron salir de casa, subir al monte, preparar sus sillas, sus bocadillos, sus cámaras y sus gafas para compartir un momento que no se repite todos los días.
Y también sobre quienes, como nosotros, tuvieron que esperar hasta el último momento para poder decir:
Al final, algo sí pudimos ver.
Paco Ciclón / Testigo de nuestras historias cotidianas / AFPRESS
Fotografías del Eclipse: Francisco E.M. Martínez y Javier Gerardo / AFPRESS
