En el corazón del casco histórico de Elche, la Torre de la Calahorra se erige como uno de los emblemas más antiguos y valiosos del patrimonio local. Construida en el siglo XII, durante el periodo almohade, esta fortificación islámica no solo fue pieza clave del sistema defensivo de la antigua medina, sino que también ha sido testigo de la evolución histórica, social y cultural de la ciudad a lo largo de más de ocho siglos.
Su misión original era proteger la Puerta Lucentina, uno de los accesos más estratégicos a la ciudad amurallada. Su estructura, de planta rectangular y muros de tapial reforzado, es un ejemplo representativo de la arquitectura militar andalusí. Ubicada sobre el valle del Vinalopó, la torre desempeñó un papel fundamental en la vigilancia y el control territorial.
La historiadora ilicitana Verónica Cano señala que La Calahorra “fue utilizada para muchos fines más allá de las labores defensivas”. Tras la conquista cristiana en 1265, la torre cambió su destino y se adaptó a nuevos usos administrativos, religiosos y civiles, integrándose de lleno en la vida urbana de Elche.
Durante los siglos XV y XVI, el edificio experimentó otra transformación significativa con la construcción de una casa señorial anexa, sobre el antiguo almudín (almacén de grano islámico). Desde ese momento, La Calahorra dejó de ser exclusivamente militar para convertirse también en sede de recaudación y residencia de representantes reales.
El terremoto de 1829 marcó una etapa decisiva al derrumbar parte de su estructura. A pesar de los daños, fue restaurada por el Marqués de Lendínez, quien incorporó los merlones que la coronan actualmente y una ventana de estilo neoárabe que refuerza su singularidad. Durante el siglo XIX, la torre adquirió incluso un carácter social y cultural inédito, llegando a albergar una logia masónica decorada por el erudito ilicitano Pedro Ibarra, que realizó frescos con motivos egipcios y orientales, un ejemplo de la riqueza simbólica que rodea su historia.
En el siglo XX, gracias a la donación de ciudadanos como el médico José Revenga, el inmueble pasó a manos municipales. Desde los años setenta, el Ayuntamiento emprendió proyectos de rehabilitación para adecuarlo como espacio cultural. Hoy, la torre no solo preserva su esencia histórica, sino que también se ha convertido en un centro cultural activo, acogiendo exposiciones temporales, conferencias y parte de la Pinacoteca Ciudad de Elche. Entre las obras expuestas se encuentran piezas de artistas de gran renombre como Joaquín Sorolla, Muñoz Degrain, Ignacio Pinazo y Cecilio Pla, junto con destacados autores locales.
El alcalde Pablo Ruz Villanueva ha reiterado el firme compromiso municipal con la conservación de este monumento: “La Calahorra representa uno de los pilares de nuestra identidad cultural y es un referente del patrimonio ilicitano que debemos proteger y poner en valor”.
Actualmente, la torre puede visitarse de martes a domingo, con una entrada general de 2 euros y acceso gratuito los domingos, lo que facilita que tanto ilicitanos como turistas puedan disfrutar de este espacio cargado de historia. Además, su programación cultural la convierte en un enclave vivo, donde el arte y la historia se entrelazan para ofrecer experiencias únicas.
Miguel Valor, exdiputado de Cultura, resume su importancia en palabras que siguen vigentes: “La Calahorra es parte del alma de Elche. Representa siglos de convivencia cultural y debemos preservarla para las próximas generaciones”.
Hoy, este monumento no solo evoca la memoria del pasado, sino que refuerza la apuesta por el futuro cultural de la ciudad. Desde su ubicación privilegiada en la Plaza de la Merced, La Calahorra continúa siendo un símbolo que conecta el legado andalusí con la identidad contemporánea de Elche, proyectando su valor histórico hacia nuevas generaciones.
Fotografías: OpenAi


