¿Estamos comprando comida o cada vez más envases de plástico?
Cada vez compramos más alimentos envasados y generamos más residuos de plástico
La compra diaria deja una montaña de envases y Elche ya supera las 3.000 toneladas
Ha cambiado nuestra forma de hacer la compra, desde el carnicero y el pescadero de siempre hasta las bandejas, films y recipientes de usar y tirar que llenan cada vez más nuestras bolsas y nuestros cubos de basura
Hay algo que me llama la atención cada vez que hago la compra y que seguramente no me ocurre solamente a mí.
Llegas a casa con una bolsa de productos de alimentación y empiezas a colocar las cosas en la nevera. Una bandeja por aquí, otra por allá, un paquete envuelto en plástico, otro recipiente de plástico transparente, una bolsa que contiene otra bolsa y, en ocasiones, un producto que parece tener casi tanto envoltorio como alimento.
Y entonces aparece una pregunta bastante sencilla: ¿estamos comprando más comida o cada vez estamos comprando también más envases?
Porque la sensación de que el envase ocupa cada vez más espacio en nuestra cesta de la compra no es completamente imaginaria. En Elche, por ejemplo, la recogida selectiva de envases superó en 2025 las 3.000 toneladas, según los datos municipales. Es una cifra récord y supone un aumento del 21 % respecto a 2021, cuando se recogieron 2.478 toneladas, y el doble de lo registrado en 2017. El Ayuntamiento relaciona además esta evolución con el creciente uso de los envases en los hogares.
Y quizá lo verdaderamente interesante no esté solamente en cuánto reciclamos, sino en preguntarnos por qué estamos generando tantos residuos en primer lugar.
El mostrador donde antes pedíamos exactamente lo que necesitábamos
Quienes tenemos algunos años recordamos perfectamente otra manera de comprar.
Entrabas en una carnicería y decías cuánto querías. El carnicero cortaba, preparaba, pesaba y envolvía. En la pescadería sucedía algo parecido. Pedías dos doradas, medio kilo de boquerones o unas rodajas de merluza y el pescadero se encargaba del resto.
No había que elegir entre una docena de bandejas prácticamente idénticas.
Tampoco había que llevarse a casa 600 gramos cuando realmente necesitabas 400.
Era una compra más personal, más directa y, en muchas ocasiones, con mucho menos envase.
Pero ese modelo ha ido cambiando.
Los supermercados y los establecimientos de autoservicio han ganado un enorme protagonismo y con ellos ha crecido la presencia de productos preparados para coger directamente de la estantería o de la cámara frigorífica.
El ejemplo de la carne resulta especialmente ilustrativo. Según el Informe de Consumo Alimentario en España 2024 del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, los supermercados y autoservicios concentraron el 40,9 % del volumen de carne fresca de vacuno, mientras que la tienda tradicional representó el 34,6 %. Además, en 2024 el volumen comercializado por supermercados y autoservicios aumentó un 4,3 %, mientras que el de la tienda tradicional descendió un 1,7 %.
No significa que la carnicería tradicional esté desapareciendo ni que todo producto vendido en un supermercado esté necesariamente excesivamente envasado. Pero sí refleja un cambio en nuestros hábitos de compra.
El consumidor también busca comodidad
Sería injusto contar esta historia como si el consumidor fuese una víctima completamente pasiva.
Nos gusta comprar rápido.
Nos gusta encontrar la carne preparada, el pescado limpio, las frutas seleccionadas y todo perfectamente colocado. Muchas personas viven con horarios complicados y valoran enormemente poder entrar en un establecimiento, llenar el carro y marcharse sin esperar en varios mostradores.
El propio sector de la distribución ofrece una explicación lógica para este cambio: el envasado facilita la conservación, la logística, la identificación del producto, su presentación y la comodidad del consumidor.
Y hay otro dato que me parece especialmente interesante porque demuestra que no hemos dejado de valorar la relación con el profesional de los productos frescos.
Un estudio de AECOC señala que el 42 % de los compradores reconoce adquirir productos frescos en función de las recomendaciones de su frutero, carnicero o pescadero de confianza. El mismo estudio señala que la mayoría de los productos frescos continúan adquiriéndose a granel o al corte en mostradores de venta asistida, aunque la carne es precisamente una de las categorías donde el libre servicio tiene mayor presencia.
Es decir, quizá no estemos ante una batalla entre consumidores que quieren plástico y consumidores que quieren mostrador.
Probablemente estemos ante algo bastante más sencillo: queremos comodidad, pero tampoco queremos perder la calidad, el consejo y la posibilidad de comprar exactamente lo que necesitamos.
Cuando el envase acaba ocupando demasiado protagonismo
Aquí está el punto que creo que merece nuestra reflexión.
Un envase puede ser necesario. Puede proteger un alimento, garantizar sus condiciones higiénicas o facilitar su conservación y transporte.
El problema aparece cuando empezamos a preguntarnos si todo lo que compramos necesita realmente ese envase.
Porque hay ocasiones en las que compramos una pequeña cantidad de producto y nos llevamos a casa plástico, bandeja, film, etiqueta y otros elementos que terminarán en la basura mucho antes de que hayamos terminado de disfrutar la comida.
Y entonces la pregunta deja de ser solamente ambiental.
También puede convertirse en una cuestión económica.
El envase forma parte del sistema de producción, transporte, distribución y comercialización. Todo aquello tiene un coste que, de una manera u otra, termina integrado en el precio del producto.
No podemos afirmar que un envase concreto encarezca por sí solo un alimento en una cantidad determinada sin analizar cada caso. Pero sí podemos preguntarnos si estamos utilizando recursos para fabricar, transportar y posteriormente gestionar residuos que quizá podrían evitarse mediante otras formas de comercialización.
El problema no termina cuando tiramos el plástico al contenedor amarillo
A veces tenemos la sensación de que todo queda solucionado cuando separamos correctamente los residuos.
Reciclar es importante, pero reciclar no significa que el problema haya desaparecido.
Los datos europeos ayudan a ponerlo en perspectiva. En 2023 se generaron en la Unión Europea 79,7 millones de toneladas de residuos de envases, equivalentes a 177,8 kilos por habitante. En el caso concreto de los envases de plástico se generaron 35,3 kilos por persona. Ese mismo año, la UE recicló el 42,1 % de los residuos de envases plásticos. España alcanzó una tasa global de reciclaje de residuos de envases del 70,5 %.
Son cifras que demuestran que reciclar funciona y que los ciudadanos estamos participando en ese sistema, pero también que seguimos generando enormes cantidades de residuos.
En España, además, los datos de Ecoembes muestran la dimensión del flujo de envases gestionado: las empresas adheridas declararon haber puesto en el mercado 2.045.761 toneladas de envases domésticos en 2024, mientras que se gestionó el reciclaje de 1.560.404 toneladas. De estas últimas, 589.885 correspondieron a envases plásticos.
Por eso quizá tengamos que empezar a hablar menos de reciclar y un poco más de evitar generar determinados residuos cuando no son necesarios.
La ley ya nos está diciendo por dónde debe ir el futuro
Y aquí hay una paradoja interesante.
Mientras nosotros hablamos de bandejas y bolsas, las administraciones europeas están precisamente legislando para reducir los residuos de envases y fomentar la reutilización.
El Reglamento europeo sobre envases y residuos de envases establece nuevas medidas para reducirlos y fomentar la reutilización. Entre ellas, desde 2030 los grandes distribuidores con más de 400 metros cuadrados deberán procurar dedicar el 10 % de su superficie de venta a puestos de rellenado para productos alimentarios y no alimentarios.
España ya contaba además con una regulación específica. El Real Decreto 1055/2022 establece que los comercios minoristas de alimentación de 400 metros cuadrados o más deben destinar al menos un 20 % de su área de ventas de alimentación a productos presentados sin embalaje primario, incluyendo la venta a granel o mediante envases reutilizables, en los términos que fija la norma. También establece medidas para fomentar la venta a granel cuando el envase no aporta valor añadido.
Es decir, la dirección legal no es «más plástico» sino precisamente reducir el envase innecesario y aumentar la reutilización.
Y mientras tanto, aquí tenemos nuestros mercados
En Elche no hace falta hacer demasiados kilómetros para encontrar otra manera de comprar.
La ciudad cuenta con cuatro mercados de abastos, que el Ayuntamiento define como una de las formas de distribución minorista más tradicionales del entorno y que se caracterizan por la oferta de productos especializados.
Allí sigue existiendo esa relación directa con quien vende.
Puedes pedir una cantidad concreta.
Puedes preguntar.
Puedes dejarte aconsejar.
Puedes comprar solamente lo que necesitas.
Y, en muchos casos, puedes reducir significativamente los envases innecesarios.
No se trata de idealizar el pasado. La compra de hace 30 o 40 años también tenía inconvenientes y la sociedad ha cambiado muchísimo. Tampoco todos los productos que encontramos actualmente envasados podrían venderse del mismo modo ni todos los consumidores tienen las mismas necesidades.
Pero conservar opciones también significa conservar libertad.
Libertad para elegir entre comodidad y compra asistida. Entre bandeja y producto al corte. Entre envase de usar y tirar y recipiente reutilizable.
Quizá la pregunta no sea quién tiene la culpa
Después de darle vueltas a todo esto, creo que la pregunta más interesante no es si los supermercados son culpables ni si los consumidores somos responsables.
La realidad es bastante más compleja.
Los fabricantes diseñan productos pensando en la conservación, el transporte y la venta. Los supermercados buscan eficiencia y comodidad. Los consumidores queremos precios razonables, calidad y rapidez. Las administraciones intentan reducir los residuos sin poner en peligro la seguridad alimentaria.
Todos formamos parte del mismo circuito.
Pero sí podemos pedir algo.
Que el envase deje de ser una consecuencia inevitable cuando realmente no es necesario.
Que podamos elegir más productos a granel.
Que los recipientes reutilizables tengan cada vez más presencia.
Que los mostradores de carnicería y pescadería sigan teniendo un espacio importante allí donde exista demanda.
Que comprar medio kilo no nos obligue a llevarnos un kilo de embalaje.
Y, sobre todo, que dentro de unos años no tengamos que mirar atrás para recordar que hubo un tiempo en el que comprar comida significaba, simplemente, comprar comida.
Una bolsa de la compra puede contar muchas cosas
La próxima vez que volvamos de hacer la compra, quizá merezca la pena hacer una pequeña prueba.
No hace falta pesarla.
Simplemente hay que poner sobre la mesa todo aquello que hemos comprado y separar el alimento de los envases.
Entonces podremos comprobar cuánto de lo que ha viajado desde la tienda hasta nuestra casa era realmente necesario para alimentarnos y cuánto acabará viajando, pocos minutos después, en dirección contraria hacia el contenedor.
En Elche ya sabemos que cada vez recogemos más envases. Más de 3.000 toneladas en un solo año.
Quizá el reto de los próximos años no sea solamente conseguir que esos miles de toneladas se reciclen correctamente.
Quizá el verdadero éxito sería conseguir que una parte de ellas nunca tuviera que existir.
Porque cuando entramos en un supermercado deberíamos salir con alimentos para nuestra familia y productos necesarios para nuestro hogar.
No debería darnos la sensación de que, además, hemos comprado una colección de envases de plástico de la que no sabíamos qué hacer.
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Paco Ciclón / Testigo de nuestras historias cotidianas / AFPRESS



