La inteligencia artificial suena, para muchas personas, a algo lejano, casi de ciencia ficción. A grandes empresas, a Silicon Valley o a laboratorios llenos de pantallas. Pero la realidad es que, sin apenas notarlo, la IA ya forma parte del día a día de Elche y de quienes vivimos en la ciudad.
Está en el móvil que llevamos en el bolsillo, en el buscador que usamos para encontrar una dirección, en las recomendaciones que aparecen en redes sociales o en las herramientas que cada vez más comercios, autónomos y pequeñas empresas utilizan para comunicarse mejor con sus clientes. No siempre la llamamos por su nombre, pero está ahí.
En Elche, su integración no es uniforme. Hay sectores donde la inteligencia artificial ya se usa con cierta naturalidad, como el comercio, la comunicación digital, el diseño, la creación de contenidos o algunos ámbitos educativos y universitarios. En otros casos, su presencia es más discreta, ligada a procesos internos, automatización de tareas o análisis de datos. Y también hay una parte de la población que apenas tiene contacto con ella o no es plenamente consciente de su uso.
Esta realidad desigual es importante tenerla en cuenta. La inteligencia artificial no ha llegado a todos por igual y todavía existe una brecha generacional y formativa que no se puede ignorar. Mientras algunas personas la utilizan a diario como una herramienta más, otras la observan con distancia, dudas o incluso desconfianza.
¿Es esto algo bueno o algo malo? La respuesta no es sencilla, pero sí clara en un punto esencial: la inteligencia artificial no es buena ni mala por sí misma. Todo depende del uso que hagamos de ella. Bien empleada, puede ser una aliada para mejorar la productividad, facilitar el trabajo de autónomos y pequeñas empresas, reforzar la comunicación local y ayudar a difundir la cultura y la identidad de Elche. Mal utilizada, puede generar desigualdad, dependencia tecnológica o desinformación.
Por eso, el verdadero debate no está en si la IA debe o no formar parte de nuestra vida, porque ya lo hace, sino en cómo la integramos. De forma consciente, con formación, pensamiento crítico y siempre poniendo a las personas en el centro. La tecnología debe estar al servicio de la ciudad y de quienes la habitan, no al revés.
Elche es una ciudad con historia, con tradiciones muy arraigadas y con una identidad propia que no se puede perder. La inteligencia artificial no tiene por qué ser una amenaza para todo eso. Al contrario, puede convertirse en una herramienta útil para protegerlo, difundirlo y adaptarlo a los nuevos tiempos, siempre que se use con criterio y responsabilidad.
Quizá el mayor reto no sea tecnológico, sino humano: aprender a convivir con la inteligencia artificial sin dejar de ser nosotros mismos. Y ese es un camino que Elche, como tantas otras ciudades, ya ha empezado a recorrer, aunque todavía no siempre seamos conscientes de ello.
Solo un humano cualquiera.: Paco Ciclón / AFPRESS