Hay noches en Elche que no necesitan estar delante de tus ojos para saber que están ocurriendo. La Nit de l’Albà es una de ellas.
Ayer, jueves 13 de agosto, volví a vivir una de las noches más especiales de las Fiestas de Agosto, pero esta vez desde un punto algo alejado del centro. No estaba en una terraza del centro ni buscando el lugar perfecto para tener la fotografía más espectacular. Simplemente quería disfrutar de la noche, llevar conmigo la cámara y ver qué podía conseguir desde la distancia.
Y, una vez más, la Nit de l’Albà demostró que tiene algo difícil de explicar.
A partir de la noche, el cielo ilicitano comenzó a llenarse de luz, color y pólvora. Las palmeras aparecían desde distintos puntos de la ciudad y, aunque desde donde me encontraba no podía tener la misma perspectiva que quienes estaban en pleno centro, las explosiones se dibujaban en el horizonte y convertían el cielo en un enorme escenario.
La Nit de l’Albà no es solamente un espectáculo que se mira. También se escucha, se siente y se reconoce desde lejos.
Una noche que transforma toda la ciudad
La celebración del 13 de agosto tiene sus raíces en una antigua tradición vinculada a la ofrenda de pólvora a la Virgen de la Asunción. Con el paso del tiempo, aquella costumbre se ha convertido en uno de los grandes símbolos de las fiestas ilicitanas. La fiesta está reconocida como de Interés Turístico Nacional.
Este año, el dispositivo oficial volvió a poner una enorme cantidad de pólvora en el cielo. Estaban previstas más de 88.000 unidades pirotécnicas y 312 palmeras lanzadas desde diferentes puntos, además de la participación espontánea de los propios vecinos. La programación oficial situaba el inicio de la cohetà alrededor de las 23:15-23:20 horas y reservaba para la medianoche el momento más esperado, la Palmera de la Virgen.
Y es precisamente esa combinación entre el espectáculo organizado y la participación de los ilicitanos la que hace que la Nit de l’Albà sea tan difícil de comparar con cualquier otro espectáculo pirotécnico.
Anoche, según el balance conocido esta mañana, se llegaron a disparar alrededor de 9,6 toneladas de pólvora contando tanto el espectáculo oficial como la aportada por particulares. La cifra supone unos 260 kilos más que el año pasado.
Desde mi posición, lejos del centro, no podía ver cada uno de los lanzamientos. Pero tampoco hacía falta. Cada nueva explosión hacía que levantara la mirada y buscara con la cámara ese instante en el que una palmera aparecía sobre los tejados y desaparecía apenas unos segundos después.
Como manda la tradición, el espectáculo llegó a su momento culminante pasada la medianoche.
Las luces se apagaron alrededor de la basílica de Santa María y el ambiente cambió por completo. Después del ruido y del continuo lanzamiento de pólvora, llegó ese instante de espera que los ilicitanos conocen perfectamente.
El silencio dio paso a la Palmera de la Virgen, lanzada desde la torre de Santa María en honor a la patrona de la ciudad.
La tradición recoge que este momento se acompaña con el “Gloria Patri” del Misteri d’Elx, antes de que la gran palmera ilumine el cielo. Después llega otro de los momentos más reconocibles de la noche, con el sonido de las campanas y la habanera “Aromas Ilicitanos”.
Desde lejos también se podía sentir.
Quizá esa sea una de las cosas que más me gustan de la Nit de l’Albà. No hace falta estar siempre en primera línea para formar parte de ella. La fiesta ocupa toda la ciudad y cada persona la vive desde su propio rincón.
Una noche para guardar en la cámara y en la memoria
La Nit de l’Albà de 2026 terminó con un balance general de pocas incidencias en relación con la enorme cantidad de pólvora utilizada, aunque se registraron alrededor de una docena de atenciones leves y una mujer tuvo que ser trasladada al Hospital General Universitario de Elche por quemaduras de segundo grado.
Más allá de las cifras, ayer volvió a quedar demostrado que la Nit de l’Albà es mucho más que una sucesión de fuegos artificiales.
Es una tradición, una noche compartida, una ciudad mirando al cielo y miles de personas intentando guardar, cada una a su manera, un pequeño recuerdo.
Yo ayer lo hice con mi cámara.
Desde un poco más lejos del centro, sin buscar la fotografía perfecta, simplemente disfrutando de la noche y esperando que alguna de aquellas palmeras que aparecían en el horizonte quisiera quedarse también dentro de mi cámara. Y algunas lo hicieron.
Paco Ciclón / Testigo de nuestras historias cotidianas / AFPRESS
