La Plaça de Baix vibró con una noche que nunca olvidaremos

Hay partidos que se ven. Y hay partidos que se sienten. Lo que vivimos este domingo en la Plaça de Baix fue mucho más que una retransmisión en una pantalla gigante. Fue una de esas noches en las que miles de personas, sin conocerse entre sí, terminan abrazándose como si fueran amigos de toda la vida.

Con la cámara colgada al cuello llegué cuando la plaza ya empezaba a llenarse. Familias enteras, grupos de amigos, niños con la camiseta de España, banderas ondeando, caras pintadas y esa mezcla de nervios e ilusión que solo puede provocar una final de un Mundial.

El ambiente era extraordinario incluso antes de que rodara el balón.

Durante más de dos horas la Plaça de Baix respiró al mismo ritmo que la selección española. Cada ataque hacia saltar a la gente, cada ocasión arrancaba un grito y cada parada hacía contener la respiración. Era imposible no contagiarse de la emoción.

España fue creciendo con el paso de los minutos y demostró por qué había llegado a la final. El equipo dirigido por Luis de la Fuente llevó el peso del encuentro, dominó la posesión y buscó una y otra vez la portería defendida por Emiliano «Dibu» Martínez, que firmó una actuación sobresaliente para mantener con vida a Argentina durante buena parte del partido.

Si hubo dos momentos que hicieron estallar de indignación a toda la plaza fueron los goles anulados a la selección española.

En ambos casos la reacción fue la misma. Primero la explosión de alegría, después el silencio mientras se esperaba la decisión arbitral y, finalmente, los gestos de incredulidad cuando el marcador volvía a quedarse igual.

Especialmente discutida fue la anulación del tanto de Nico Williams en la prórroga por una falta previa señalada sobre Mikel Merino, una decisión que generó un intenso debate durante y después del encuentro. Aunque muchos aficionados la consideraron excesivamente rigurosa, la jugada quedó invalidada y el gol no subió al marcador.

Pero este equipo llevaba demasiado tiempo demostrando que nunca deja de creer.

Cuando el partido parecía encaminado a decidirse por pequeños detalles, llegó el minuto 106. Pedro Porro inició la acción, Nico Williams prolongó la jugada y Ferran Torres apareció donde aparecen los delanteros que hacen historia para enviar el balón al fondo de la red.

Esta vez nadie pudo quitarnos el grito de gol.

La Plaça de Baix explotó de felicidad.

Abrazos entre desconocidos, saltos, lágrimas, banderas al viento, bengalas de emoción y miles de gargantas celebrando un gol que ya forma parte de la historia del fútbol español. Ferran Torres se convirtió en el héroe de una final inolvidable y dio a España su segundo Campeonato del Mundo, dieciséis años después del conseguido en Sudáfrica 2010.

Lo mejor de la noche no fue únicamente levantar el trofeo.

Fue comprobar cómo un partido de fútbol puede unir a toda una ciudad. Durante unas horas desaparecieron las prisas, las preocupaciones y las diferencias. Solo existía un sentimiento compartido: disfrutar viendo jugar a una selección que nunca dejó de intentarlo y que terminó encontrando el premio a su insistencia.

Como fotógrafo tuve la suerte de inmortalizar cientos de sonrisas, abrazos y miradas cargadas de emoción. Pero, antes que fotógrafo, fui un aficionado más. Viví cada jugada con los mismos nervios que todos los que llenaban la plaza, sufrí con los goles anulados, celebré cada ocasión y terminé abrazando a personas a las que no conocía cuando Ferran Torres marcó el gol de la victoria.

Hay fotografías que captan un instante.

Y luego están las que consiguen guardar para siempre una noche como la que vivimos en la Plaça de Baix.

Porque España volvió a conquistar el mundo… y nosotros tuvimos la suerte de celebrarlo juntos, en el corazón de Elche.

Paco Ciclón / Testigo de nuestras historias cotidianas/ AFPRESS

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