Anoche, Elche volvió a demostrar que hay tradiciones que no necesitan palabras para emocionar. Bastó un silencio. Un silencio profundo, compartido, casi sobrecogedor, que empezó a sentirse incluso antes de que la Procesión del Silencio echara a andar desde Santa María.
Minutos antes de las once, el centro histórico ya estaba lleno. Pero no era el bullicio habitual. Había algo distinto. La gente hablaba bajo, caminaba despacio, miraba hacia la basílica con esa mezcla de expectación y respeto que solo se ve en noches como esta.
Y entonces comenzó.
Las puertas se abrieron y, poco a poco, la procesión fue tomando las calles. Sin música, sin anuncios, sin nada que rompiera ese ambiente. Solo el sonido de los pasos, el leve roce de las túnicas y el peso del momento. Un silencio real, de los que no se olvidan.
El recorrido por lugares tan reconocibles como la Plaça del Congrés Eucarístic, el entorno del Palacio de Altamira, el Puente de Altamira o la Corredora dejó imágenes que hablan por sí solas. A ambos lados, miles de personas acompañaban con la mirada, muchas con velas, otras simplemente en quietud, pero todas formando parte de lo mismo.
Hubo instantes especialmente intensos. El paso del Santísimo Cristo de la Misericordia volvió a detener el tiempo. La luz tenue, las sombras proyectadas en las fachadas y ese silencio absoluto crearon una escena difícil de describir si no se ha vivido. No hacía falta nada más.
El Jueves Santo en Elche es uno de los días más esperados de la Semana Santa, y la Procesión del Silencio ocupa un lugar muy especial. No es la más ruidosa ni la más multitudinaria en términos visuales, pero sí una de las que más se sienten por dentro.
Cuando la procesión regresó a Santa María, ya pasada la medianoche, el silencio empezó a romperse poco a poco. La gente se marchaba despacio, como queriendo alargar un poco más ese momento. Porque hay noches que no se quieren terminar.
Y la de ayer fue una de ellas.
Alberto Carrillo/ AFPRESS

