La UCI salva vidas pero condena a la soledad más absoluta
Ingreso en cuidados intensivos es vivir conectado a máquinas y desconectado del mundo
Hay frases que se repiten tanto que acaban sonando a verdad absoluta. Una de ellas es esa que muchos dicen con buena intención: “la UCI es un buen lugar, allí estarás bien cuidado”. Y sí, es cierto desde el punto de vista médico. Nadie lo discute. Pero quien ha estado dentro sabe que esa frase, tal y como se dice, está incompleta.
Porque la UCI también es otra cosa. Y esa otra cosa casi nunca se cuenta.
En pocos días tendré que volver a enfrentarme a una intervención quirúrgica por mis problemas de salud derivados del cáncer. Y lo que más me inquieta no es solo la operación. Es la posibilidad de regresar a ese lugar donde ya estuve. Cuatro días y tres noches que no se olvidan.
Cuatro días y tres noches en una habitación de cristal, viendo únicamente el techo. Rodeado de monitores que no descansan nunca, de cables, de tubos, de drenajes. Sin poder moverte con libertad. Sin poder decidir casi nada. Dependiendo de todo y de todos.
Cuatro días y tres noches donde el tiempo deja de tener sentido.
Y sobre todo, cuatro días y tres noches donde la soledad pesa más que cualquier máquina. Diez minutos al día de visita. Diez. El resto del tiempo es silencio, espera, pensamientos que van y vienen. Esperar esos diez minutos se convierte en lo único importante del día. Y aun así, se pasan en un suspiro.
Por eso cuesta tanto aceptar sin más que la UCI sea “un buen lugar”.
La Unidad de Cuidados Intensivos es imprescindible. Es donde están los medios, la tecnología, los profesionales que vigilan cada segundo y que, muchas veces, marcan la diferencia entre la vida y la muerte. Eso es una realidad. Y hay que decirlo también.
Pero otra realidad, igual de cierta, es que la experiencia humana dentro de la UCI puede ser profundamente dura. No es solo un espacio médico. Es también un lugar de aislamiento, de pérdida de control, de vulnerabilidad absoluta.
No se trata de cuestionar su existencia. Todo lo contrario. Se trata de contar lo que no se ve desde fuera.
Porque nadie debería pasar por ahí si no es estrictamente necesario.
Y porque no, no es un buen lugar en el sentido en que nos gustaría que lo fuera. Es un lugar necesario. Es un lugar que salva vidas. Pero también es, para quien lo vive, una especie de cárcel obligatoria de la que no puedes salir hasta que tu cuerpo lo permita.
Ojalá no tengamos que conocerla nunca desde dentro.
Y si toca hacerlo, ojalá se entienda mejor lo que significa estar ahí. No solo médicamente, sino también emocionalmente. Porque en esos momentos, además de cuidados, lo que más se necesita es humanidad, cercanía y comprensión.
Ingresar en la UCI no es solo atención médica es enfrentarse a la soledad el miedo y la dependencia absoluta
La experiencia en cuidados intensivos aislamiento extremo visitas limitadas y una sensación constante de encierro
Vivir en la UCI significa depender de máquinas y soportar una soledad que no aparece en los informes médicos
En la UCI también hay heridas que nadie mira
En la UCI te cosen el cuerpo, te estabilizan, te monitorizan, te salvan. Todo eso funciona. Todo eso importa. Pero hay algo que se queda fuera de los protocolos, de las máquinas y de las rutinas: lo que pasa por dentro.
Me curan las heridas físicas, esas que se ven. Las que sangran, las que se pueden medir, las que tienen tratamiento y seguimiento. Pero nadie parece dispuesto a acercarse a las otras: al dolor que no sale en las pruebas, a la pena que no aparece en los informes, a la tristeza, al abandono, al miedo, a la incertidumbre que se te instala en el pecho y no te deja respirar con normalidad.
Esas heridas no existen para el sistema. No se registran. No se preguntan. No se tratan.
Aquí dentro, lo que siento no cuenta. Da igual lo que diga. Da igual cómo lo diga. Mis emociones no tienen espacio en este lugar donde todo es urgente, técnico y necesario, pero también profundamente frío. Me hacen cosas todos los días —muchas—, sin pausa, sin explicaciones suficientes, sin tiempo para entender, sin margen para decidir. Y en medio de todo eso, hay una pregunta que nadie formula:
¿Cómo estás?
No es una cuestión menor. No es un detalle. Es la diferencia entre ser un paciente o sentirse una persona.
Porque sí, en la UCI pueden salvarte la vida. Pero eso no debería implicar dejarte solo por dentro.
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Paco Ciclón / Vecino de Elche y testigo de nuestras historias cotidianas
