Oriente Medio arde mientras el derecho internacional vuelve a demostrar que no sirve para frenar guerras

Hay momentos en los que conviene dejar de maquillar la realidad. Lo que está ocurriendo en Oriente Medio no es solo otra guerra más: es un nuevo fracaso del sistema internacional. Uno más.

Mientras los misiles vuelan y el estrecho de Ormuz se convierte en un cuello de botella para la economía mundial, la gran pregunta no es solo qué está pasando, sino algo mucho más incómodo: ¿esto es legal… o simplemente da igual?

Porque sobre el papel, el mundo tiene normas. Desde 1945, con la creación de la Organización de las Naciones Unidas, la guerra entre Estados está prohibida. Así de claro. O al menos así debería ser.

Dos excepciones… que se usan como coartada

El derecho internacional solo permite el uso de la fuerza en dos casos: legítima defensa o autorización del Consejo de Seguridad de la ONU.

Nada más.

Pero la realidad es otra. Esas dos excepciones se han convertido, en demasiadas ocasiones, en una coartada flexible que cada potencia interpreta a su conveniencia.

¿Hay una agresión previa? Se habla de defensa.
¿No la hay? Se retuerce el concepto hasta hacerlo encajar.

Y así llevamos décadas.

Oriente Medio vuelve a demostrar lo evidente

El actual conflicto en el Golfo Pérsico, con Irán, Estados Unidos e Israel como protagonistas, se mueve en ese terreno resbaladizo donde la legalidad importa menos que la fuerza.

No hay una autorización clara del Consejo de Seguridad. No hay consenso internacional. Y, aun así, la escalada continúa.

El bloqueo del estrecho de Ormuz, las amenazas al tráfico marítimo y las represalias militares no son solo una crisis geopolítica: son una demostración de que el derecho internacional tiene límites muy claros… y muy débiles.

La gran mentira: que el mundo tiene reglas

Se repite constantemente que existe un orden internacional basado en normas. Pero cada conflicto importante lo pone en duda.

Ahí está el precedente de la Invasión de Irak de 2003, considerada ilegal por numerosos juristas y cuestionada incluso desde dentro de Naciones Unidas.

Y no pasó nada.

Ni consecuencias reales, ni cambios estructurales. Solo el paso del tiempo.

Legal no significa nada si nadie lo hace cumplir

Este es el núcleo del problema.

Decir que una guerra es ilegal sirve de poco si no hay mecanismos efectivos para impedirla o sancionarla. Y en el sistema actual, esos mecanismos dependen de los mismos países que protagonizan los conflictos.

Un círculo perfecto. Y profundamente hipócrita.

La conclusión que nadie quiere decir en voz alta

La mayoría de los conflictos actuales no encajan claramente en la legalidad internacional. Y, aun así, se producen.

Porque la realidad es más cruda que cualquier tratado: las normas existen… pero el poder manda.

Y mientras eso no cambie, hablar de “guerra legal” seguirá siendo, en muchos casos, poco más que un ejercicio teórico.

 Paco Ciclón / AFPRESS

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