Las víctimas del incendio de Almería merecen memoria, verdad y responsabilidades

El tiempo tiene una peligrosa costumbre. Pasan los días, llegan nuevas noticias y las tragedias que hace apenas una semana ocupaban todas las portadas empiezan a desaparecer del foco mediático. Pero hay historias que no deberían quedar enterradas bajo el peso de la actualidad. El devastador incendio de Los Gallardos, en la provincia de Almería, es una de ellas.

Trece personas perdieron la vida en el que ya ha sido considerado el incendio forestal más mortífero registrado en Andalucía. Detrás de esa cifra hay trece historias, trece familias rotas y un dolor que no desaparecerá cuando las cámaras se marchen. Las víctimas eran ocho mujeres y cinco hombres, todos adultos, y entre ellas había ciudadanos españoles y extranjeros que habían elegido esta tierra para vivir o disfrutar de unos días de descanso. La identificación de los fallecidos requirió incluso pruebas genéticas debido al estado en que fueron hallados los cuerpos.

Cuando ocurre una tragedia de esta magnitud, lo primero es acompañar a quienes han perdido a un ser querido. Pero una sociedad democrática no puede quedarse únicamente en el duelo. También debe hacerse preguntas. ¿Se hizo todo lo posible? ¿Funcionaron correctamente los protocolos? ¿Llegaron a tiempo los avisos de emergencia? ¿Existían los planes de prevención y evacuación que exige la normativa en los municipios afectados? Son preguntas legítimas que no buscan culpables antes de tiempo, sino respuestas basadas en hechos.

Precisamente por esa necesidad de transparencia, la investigación judicial continúa abierta y ya se han presentado varias denuncias relacionadas con el siniestro. Paralelamente, el vicepresidente primero de la Junta de Andalucía y responsable de Emergencias, Antonio Sanz, ha solicitado comparecer en el Parlamento andaluz para explicar la gestión de la emergencia tras las peticiones formuladas por los grupos de la oposición.

Es importante subrayar algo que a menudo se olvida en medio del debate político. Exigir responsabilidades no significa señalar culpables antes de que concluyan las investigaciones. Significa aceptar que, cuando fallecen trece personas en una emergencia de esta magnitud, las instituciones tienen la obligación moral y política de explicar cada decisión tomada y cada minuto de actuación. La transparencia no debilita a las administraciones; las fortalece.

Si las investigaciones concluyen que todos los protocolos funcionaron correctamente, será una buena noticia porque significará que la tragedia fue inevitable dentro de unas circunstancias extremas. Pero si se detectan errores, negligencias o incumplimientos, entonces deberán asumirse las consecuencias que correspondan, tanto en el ámbito judicial como en el político. Esa es precisamente la diferencia entre un Estado de derecho y una sociedad que mira hacia otro lado.

También conviene recordar que, según diversas informaciones publicadas en los últimos días, una parte del debate público se ha centrado en la existencia o no de determinados planes de emergencia y evacuación en municipios con elevado riesgo de incendios forestales, un aspecto que previsiblemente formará parte de las investigaciones y del debate parlamentario.

La memoria de las víctimas exige algo más que minutos de silencio y coronas de flores. Exige aprender de lo ocurrido. Porque la mejor manera de honrar a quienes han perdido la vida no consiste únicamente en recordarlos, sino en hacer todo lo posible para que una tragedia semejante no vuelva a repetirse.

Las catástrofes naturales seguirán existiendo. Los incendios forestales, agravados por condiciones meteorológicas cada vez más extremas, seguirán poniendo a prueba la capacidad de respuesta de las administraciones. Lo que sí puede cambiar es la preparación, la prevención, la coordinación y la rapidez con la que se protege a la población.

Las trece personas fallecidas en Almería no pueden convertirse en una cifra más dentro de una estadística. Detrás de cada número había una vida, una familia y un proyecto. Su recuerdo merece respeto. Sus familias merecen respuestas. Y la sociedad merece conocer toda la verdad, sea cual sea.

Porque cuando una tragedia deja trece víctimas mortales, el olvido nunca puede ser la respuesta.

 

Paco Ciclón / Testigo de nuestras historias cotidianas/ AFPRESS

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