El Barranco de San Antón, una profunda hendidura del paisaje ilicitano, conserva en su lecho testimonios centenarios: surcos tallados en la roca a fuerza de ruedas de carros. Estas carriladas o rodadas son huellas de piedra que narran la intensa historia de Elche. Se calcula que el camino fue abierto hace más de 2.000 años por los íberos, formando parte esencial de las comunicaciones con el interior. Ferrán Arasa (Univ. Valencia) las define como una auténtica “infraestructura viaria construida con la finalidad de garantizar el control y la comunicación entre la ciudad ibérica [Ilici] y su territorio”. Durante siglos, los carros cargados de sillares de Ferriol surcaban este sendero hasta la ciudad de Elche, convirtiendo el barranco en una vía de transporte preindustrial ininterrumpida desde la época íbera hasta tiempos modernos.
Con el paso de las épocas, el material extraído alimentó las grandes obras de Elche. La piedra caliza del Ferriol se usó en el poblado íbero de La Alcudia y en monumentos renombrados: entre ellos, la célebre Dama de Elche y edificios emblemáticos como la barroca Basílica de Santa María. De hecho, investigaciones recientes indican que uno de los antiguos frentes de cantera ibéricos del Ferriol puede ser el origen de la piedra de la Dama de Elche, y la tradición oral apunta que el Barranco de Santa María – adyacente – debe su nombre a las piedras destinadas a construir esa basílica. La explotación de Ferriol continuó incluso hasta el siglo XX: en la construcción del Paseo de la Estación (con la llegada del ferrocarril) se utilizó piedra de estas canteras. Por tanto, las carriladas del San Antón son huellas físicas de un tránsito milenario, uniendo el pasado íbero, romano, musulmán y moderno de Elche.
Características de las marcas en la roca
Las carriladas del Barranco de San Antón se extienden a lo largo de centenares de metros, formando paralelos canales excavados directamente en la roca. Estos surcos se aprecian claramente en el fondo rocoso y llegan a profundizarse en algunos tramos debido al roce continuado de los ejes de los carros. Aparecen carriles dobles y apartaderos – ensanchamientos del camino – precisamente diseñados para permitir el cruce de carros en una sola dirección. El Ayuntamiento de Elche describe estos apartaderos como “espacios habilitados expresamente para facilitar el tránsito consistente básicamente en el desdoblamiento de los carriles”. El aspecto general es el de un auténtico museo al aire libre: “cicatrices en el paisaje rural”, como las llaman los estudios locales, que recorren el fondo del barranco por donde discurrían los carros cargados de carga pesada. Cada hendidura es testimonio del esfuerzo humano, y los arqueólogos aún miden el ancho de los surcos para determinar el tipo de carro usado, confirmando que unos eran de diseño ibérico y otros más.
Una vía prerromana vinculada a Ilici
La antigüedad del camino queda subrayada por su trazado irregular y por su integración con otros vestigios históricos. Se discute que muchas de estas rodadas proceden de la época íbera, funcionando como las arterias de una ciudad antigua. En palabras de Ferrán Arasa, este era “un camino ibérico que comunicaba la antigua ciudad de Ilici y el litoral, con los valles del Vinalopó”. La ruta, reconocida hoy en día como la PR-CV 450 “Barrancos del Grifo y San Antón”, está homologada por el Ayuntamiento e incluye estos restos como puntos de interés patrimonial. Según este proyecto municipal, “parece tener su origen en tiempo de los íberos, hace más de 2000 años”. Además, en el barranco confluyen senderos históricos como el llamado Camino del Cid o la Senda del Poeta, lo que refuerza su carácter de vía de comunicación ancestral. En resumen, las carriladas no son meras curiosidades: fueron la infraestructura de transporte de una comunidad ibérica avanzada, cuyo paisaje cultural se transformó para llevar la piedra hasta la ciudad de Elche.
Conservación y valor patrimonial actual
En la actualidad estas rodadas se conservan en un estado notable, consideradas “uno de los elementos patrimoniales más singulares del sendero”. El propio Ayuntamiento de Elche destaca su buen estado de conservación y su integración en rutas naturales señalizadas. El sendero PR-CV 450, de 21 kilómetros, resalta el patrimonio histórico y ambiental de Elche y permite a los excursionistas recorrer barrancos que combinan elementos hidráulicos (azudes, acueductos, aljibes) con estas huellas viarias. Esta zona es hoy en día un valioso espacio natural protegido, donde la señalización evita usos inadecuados. Recientemente, sin embargo, se ha puesto de manifiesto su fragilidad: una prueba ciclista en octubre de 2023, autorizada sin suficiente control, causó daños notables en estos surcos milenarios. Más de 500 bicicletas circulando sobre las rodadas provocaron desgaste en las marcas mejor conservadas, lo que generó la protesta de colectivos ambientales que advierten del riesgo para este patrimonio arqueológico. Paralelamente, se organizan campañas de voluntariado (Proyecto Libera, jornadas vecinales) para limpiar y preservar los barrancos de Elche, mostrando la preocupación social por estos vestigios.
Conexión con el patrimonio natural y cultural
El recorrido por el Barranco de San Antón es además un paseo por la flora y fauna típica del secano mediterráneo. El Ayuntamiento describe la vegetación dominada por espino negro, lentisco, tomillo y palmito, junto con otras plantas aromáticas locales. Entre las rocas, acude fauna diversa: sapos, lagartos, liebres y aves como el abejaruco o cernícalo encuentran refugio en este ecosistema. A esto se suman los restos de una antigua infraestructura hidráulica: azudes, presas y canales que capturaban el agua de lluvia. Todo ello convierte el entorno en un auténtico museo de la naturaleza al aire libre. Las carriladas se insertan en este paisaje de barrancos, que fueron en su día las únicas rutas transitables a través de colinas y lomas – el paso natural para gentes, ganado y piedra – y hoy son un atractivo turístico y educativo.
Patrimonio viviente: significado de las carriladas
Las marcas en la roca del Barranco de San Antón constituyen más que simples huellas físicas del pasado. Representan una memoria viva del transporte preindustrial y la explotación de recursos locales. Cada surco es un vestigio de ingenio vernácula: un camino literalmente tallado en la roca para facilitar el paso de carros cargados, sin más maquinaria que la fuerza animal y humana. Este camino ha tejido un vínculo directo entre la producción íbera (y posterior) en las canteras y el desarrollo urbano de Elche: las piedras talladas en Ferriol acabaron edificando palacios, murallas, iglesias y hasta la Dama de Elche. En ese sentido, las rodadas no son ruinas inertes, sino testimonios palpables de la identidad ilicitana: muestran cómo los antepasados transformaron el entorno para labrar con sus carretas la historia de la ciudad.
En conclusión, las carriladas del Barranco de San Antón son un patrimonio excepcional de Elche. Sus surcos profundos y paralelos, de hasta unos metros de longitud, revelan el uso continuado como vía de comunicación desde la época íbera hasta la modernidad. Su sorprendente conservación permite hoy experimentar de forma sensorial y cultural ese pasado milenario. Al recorrer el sendero PR-CV 450, el caminante no solo admira la belleza natural de los barrancos del Grifo y San Antón, sino que literalmente pisa la historia: unas ruedas de carro han dejado marcado en la roca un relato de trabajo, circulación y continuidad humana que merece ser conocido y protegido.
Paco Ciclón / AFPRESS







