La cola de urgencias que retrata el debate que España evita

prioridad nacional

El concepto de “Prioridad Nacional”, llevado a su extremo lógico, no es más que una jerarquía de derechos: primero unos; luego, si acaso, los demás. Y cuando esa lógica se cuela en servicios esenciales como la sanidad, lo que está en juego ya no es una opinión política, sino el modelo de sociedad.

Conviene recordarlo: en urgencias no se pregunta de dónde vienes, sino qué te duele. No se mide la identidad, sino la gravedad. Es un principio básico, casi elemental, que ha sostenido durante décadas un sistema sanitario que, con todas sus limitaciones, ha sido uno de los grandes igualadores sociales.

Romper ese principio, aunque sea desde la sátira, tiene consecuencias. Porque normaliza una idea peligrosa: que hay vidas que pueden esperar más que otras por razones ajenas a su estado de salud.

Y eso sí es indecente.

No se trata de negar los problemas asociados a la gestión de recursos o a la presión sobre los servicios públicos. Esos debates son necesarios. Pero abordarlos desde la exclusión identitaria no los resuelve: los envenena.

La imagen de la cola en urgencias no describe la España real. Pero el mensaje de “Prioridad Nacional” sí revela una tentación que crece en determinados discursos: la de dividir, simplificar y señalar; la de convertir derechos en privilegios; la de disfrazar de sentido común lo que, en el fondo, es una renuncia ética.

Porque una sociedad se define, sobre todo, por cómo trata a quien más lo necesita. Y en ese espejo no hay lugar para banderas ni para colas separadas.

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Paco Ciclón / Testigo de nuestras historias cotidianas

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