Compartir una habitación se convierte en una salida desesperada ante la falta de vivienda asequible

Cáritas alerta de que el subarriendo deja de ser una solución temporal para muchas personas y familias que no pueden asumir el coste de un alquiler

Encontrar una vivienda en la que vivir con tranquilidad se ha convertido en una dificultad creciente para muchas personas. Cuando el sueldo no alcanza para pagar un alquiler completo, compartir una habitación puede parecer la única salida. Pero lo que en principio se plantea como una solución provisional acaba convirtiéndose, en demasiados casos, en una forma de vida marcada por la incertidumbre.

Cáritas viene alertando de esta realidad, en la que el subarriendo de habitaciones funciona como una estrategia para poder seguir teniendo un techo cuando los ingresos no permiten acceder a una vivienda en condiciones adecuadas. La entidad advierte de que esta fórmula no siempre garantiza estabilidad, seguridad jurídica ni unas condiciones dignas de convivencia.

El problema va más allá de compartir cocina, baño o salón. Vivir en una habitación puede implicar falta de intimidad, dificultades para convivir y una dependencia importante de quien alquila el espacio. Cuando no existe un contrato que proteja a la persona que ocupa la habitación, la inseguridad aumenta y también lo hace el riesgo de quedarse sin alojamiento.

Una solución que puede terminar siendo permanente

El informe Exclusión compartida. Vivir en una habitación en un contexto de exclusión residencial y social, elaborado por Cáritas Diocesana de Barcelona y el Observatorio de la Vivienda Digna de Esade y publicado en febrero de 2025, describe cómo esta alternativa, que tradicionalmente podía ser temporal, se está convirtiendo en una situación prolongada para personas que no encuentran otra opción residencial.

El estudio se centra en Cataluña y analiza las dificultades de quienes viven en habitaciones subarrendadas en condiciones precarias. Entre los colectivos especialmente expuestos figuran personas jóvenes, migrantes y familias monoparentales, aunque la dificultad para acceder a una vivienda afecta a perfiles diversos.

La falta de privacidad y la inestabilidad no son cuestiones menores. Pueden repercutir en el bienestar personal y en la vida familiar, especialmente cuando hay niños y adolescentes que necesitan un espacio adecuado para estudiar, descansar y desarrollarse.

La vivienda también puede empujar a la pobreza

Los datos de Cáritas ayudan a entender por qué algunas familias recurren a esta fórmula. En un análisis publicado en noviembre de 2023, la entidad señaló que el 6,6 % de los hogares españoles recurría al subarriendo de habitaciones en 2022, más de 1,2 millones de hogares, según los datos recogidos en aquel informe.

Se trata de una cifra correspondiente a 2022, no de una estimación actual, pero refleja la dimensión que ya había alcanzado esta estrategia para afrontar los gastos de vivienda.

Además, el informe estatal de Cáritas sobre exclusión y desarrollo social basado en la encuesta EINSFOESSA 2024 señala que, entre los hogares en situación de pobreza severa, los que viven en habitaciones subarrendadas se encuentran entre los grupos con mayor presencia de esta forma de exclusión residencial.

La paradoja es evidente: compartir una vivienda puede reducir algunos gastos, pero no significa necesariamente que la habitación sea asequible ni que ofrezca unas condiciones adecuadas. El encarecimiento de los alquileres también presiona este mercado.

Tener un techo no siempre significa tener un hogar

Detrás de esta realidad hay personas que intentan mantener su trabajo, atender a sus familias y organizar su vida sin saber cuánto tiempo podrán permanecer en el lugar donde viven. No siempre aparecen en las imágenes más visibles de la pobreza, pero la falta de una vivienda estable también condiciona sus oportunidades y su bienestar.

Cáritas y Esade plantean la necesidad de ampliar la vivienda pública, mejorar las políticas que facilitan el acceso a un hogar y proteger los derechos básicos de quienes viven en habitaciones, incluido el acceso al empadronamiento cuando corresponda.

Porque disponer de un techo es imprescindible, pero también lo es poder vivir con seguridad, intimidad y estabilidad. Cuando una habitación se convierte en la única alternativa posible, el problema no es que las personas compartan vivienda, sino que no puedan acceder a otra opción digna y sostenible.

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