La política convertida en trinchera cuando el ataque al entorno sustituye al debate

La política del insulto y la confrontación radical contamina la democracia española

El ruido y la deslegitimación sustituyen al debate en la ofensiva contra el Gobierno

Hay momentos en los que la política deja de parecer política para convertirse en otra cosa. En España llevamos tiempo instalados en ese clima raro donde ya no basta con discutir ideas: hay que señalar, desgastar y, si hace falta, convertir al adversario en enemigo. Y en ese terreno, lo que está ocurriendo alrededor de Pedro Sánchez no es casual ni aislado.

No hablamos solo de oposición. Hablamos de una forma de hacer política donde el foco se desplaza del debate de propuestas al ataque constante, muchas veces dirigido no solo al presidente, sino a todo lo que le rodea. Su entorno político, institucional e incluso personal se ha convertido en un campo de batalla permanente.

El ejemplo más evidente lo encontramos en el líder de VOX, Santiago Abascal Conde. Sus intervenciones públicas llevan tiempo marcadas por un tono extremadamente duro contra Sánchez, con descalificaciones reiteradas que van mucho más allá de la crítica política habitual. No es un desliz puntual, es una línea sostenida en el tiempo que busca fijar un marco: el del enfrentamiento total.

Y ese marco no se queda en los discursos. Se traslada a la calle, a las redes y a determinadas prácticas que cruzan líneas peligrosas. Ahí es donde entran figuras como Vito Quiles, conocido por protagonizar episodios de presión y acoso a personas del entorno del presidente en espacios públicos. Escenas que no aportan información relevante, pero sí generan ruido, tensión y titulares.

¿Es casual? Difícil creerlo. Todo encaja en una estrategia que no busca tanto convencer como agitar. Cuanto más bronco es el clima, más fácil resulta movilizar a los propios. Cuanto más se habla de polémicas personales, menos se habla de políticas concretas.

El problema es que esto tiene consecuencias. Porque cuando se normaliza el insulto, cuando se banaliza el señalamiento constante y cuando se convierte a determinadas instituciones en sospechosas por sistema, lo que se erosiona no es solo un gobierno. Es la propia confianza en el sistema.

Ahí entran también las llamadas “autoridades incómodas”. Figuras institucionales que, por el simple hecho de no alinearse con un determinado discurso, pasan a ser cuestionadas de forma sistemática. El caso del Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, es un ejemplo claro de cómo una institución puede acabar en el centro del huracán político.

Y conviene decirlo claro: en democracia, criticar es legítimo. Fiscalizar al poder es necesario. Pero una cosa es la crítica y otra muy distinta es la deslegitimación constante sin pruebas concluyentes, el desgaste permanente y el intento de convertir cualquier decisión en una sospecha.

Lo más preocupante no es que esto ocurra —la política siempre ha tenido confrontación—, sino la intensidad y la normalización. Que el insulto ya no sorprenda. Que el acoso se convierta en contenido. Que el debate haya pasado a un segundo plano.

Al final, la pregunta no es solo por qué la ultraderecha actúa así. La pregunta es qué tipo de política estamos aceptando como sociedad. Porque cuando el ruido tapa a las ideas, todos perdemos, piense cada uno lo que piense.

Paco Ciclón / Testigo de nuestras historias cotidianas

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