La tradicional peregrinación desde la parroquia de Madre de Dios hasta la ermita de Carrús ha vuelto a llenar de ambiente festivo la mañana del domingo, con la coca con sardina, los puestos populares y las emblemáticas chinchetas como protagonistas de una celebración que forma parte de la memoria colectiva ilicitana.
Elche ha vuelto a cumplir este domingo, 25 de octubre, con una de esas citas que forman parte de su identidad más popular. La romería de San Crispín ha recorrido las calles de la ciudad desde el barrio del Toscar hasta la ermita del patrón de los zapateros, en Carrús, reuniendo a vecinos, familias y devotos en una jornada en la que la tradición religiosa convive con la gastronomía, los recuerdos y la convivencia entre generaciones.
Desde primera hora de la mañana, la celebración ha tenido como punto de partida la parroquia de Madre de Dios. Allí se ha iniciado la peregrinación que ha conducido la imagen del santo por las calles de Elche, con una parada en la puerta de la parroquia de El Buen Pastor, también en Carrús, antes de continuar hasta su destino.
Una vez en los alrededores de la ermita de San Crispín, el ambiente festivo ha vuelto a dejar una de las imágenes más características de esta jornada. Familias enteras se han reunido para compartir el almuerzo tradicional, recorrer los puestos y disfrutar de una celebración que, año tras año, recuerda el profundo vínculo de Elche con la industria del calzado.
Una romería que une a Carrús y el Toscar
La peregrinación de San Crispín tiene un recorrido cargado de significado para los vecinos de estos barrios ilicitanos. La salida desde Madre de Dios, en el Toscar, y el paso por la parroquia de El Buen Pastor convierten el camino hasta la ermita en una celebración compartida por distintas zonas de la ciudad.
No se trata únicamente de trasladar una imagen religiosa de un lugar a otro. La romería representa también una forma de encontrarse con los vecinos, acompañar al santo y mantener una costumbre que se transmite de padres a hijos.
La llegada a la ermita constituye uno de los momentos centrales de la jornada. Allí se celebra la misa de campaña y, después, la imagen de San Crispín queda en el interior del pequeño templo para recibir a quienes se acercan a visitarlo.
Durante el recorrido de este domingo también se ha podido ver al alcalde de Elche, Pablo Ruz, acompañado por otros integrantes del Gobierno municipal, así como a representantes de la oposición. La presencia de miembros de distintas formaciones políticas ha vuelto a poner de manifiesto la relevancia que conserva esta celebración dentro del calendario tradicional de la ciudad.
La coca con sardina, protagonista de un almuerzo muy ilicitano
Si hay una costumbre que identifica la romería de San Crispín, junto a la visita al santo, es el almuerzo de coca con sardina.
En los alrededores de la ermita, numerosas familias aprovechan la mañana para reunirse, sacar la comida y compartir una jornada que tiene mucho de encuentro familiar. La coca con sardina se convierte así en el plato imprescindible de una celebración en la que el componente gastronómico está tan arraigado como el religioso.
El ambiente se completa con los puestos ambulantes instalados en la zona. Durante la jornada se pueden encontrar cocas con sardina, golosinas, las tradicionales bolitas de caramelo, juguetes, aceitunas y bebidas, entre otros productos.
Este pequeño mercado popular, conocido también por su vinculación con el porrate, forma parte del atractivo de la fiesta. Los puestos no son un simple complemento comercial: contribuyen a crear esa atmósfera de feria popular que acompaña a la romería y que muchos ilicitanos recuerdan desde su infancia.
Para los más pequeños, la jornada ofrece la oportunidad de curiosear entre los juguetes y los dulces. Para los mayores, supone reencontrarse con sabores, costumbres y recuerdos que se repiten cada año cuando llega el 25 de octubre.
Las chinchetas de San Crispín, un símbolo de buena suerte y trabajo
Tras la misa de campaña, uno de los momentos más esperados es el acceso a la ermita para visitar al santo y recoger las tradicionales chinchetas de zapatero.
Quienes se acercan hasta San Crispín pasan junto a su imagen para recoger estas pequeñas piezas metálicas, relacionadas con los antiguos trabajos de fabricación del calzado. Con el tiempo, las chinchetas han adquirido un significado que va mucho más allá de su utilidad original.
La tradición popular las considera un símbolo de buena suerte y una petición de trabajo y prosperidad. Para quienes han dedicado su vida al calzado, representan además un recuerdo de la actividad que durante décadas ha dado empleo a miles de familias ilicitanas.
El Ayuntamiento de Elche recoge expresamente esta costumbre entre los elementos característicos de la festividad. Las chinchetas se han convertido en uno de los signos más reconocibles de San Crispín, junto con la romería y la coca con sardina.
La ermita permanece abierta durante la jornada para facilitar las visitas al santo y la recogida de estos recuerdos tradicionales. En el programa de 2026 se había previsto mantener el templo abierto hasta las 19.00 horas.
Una tradición con raíces en la historia del calzado
Para comprender la importancia de San Crispín en Elche es necesario mirar hacia la historia de su industria zapatera.
La celebración está vinculada a San Crispín y San Crispiniano, dos hermanos mártires de los primeros siglos del cristianismo que, según la tradición religiosa, se dedicaban a fabricar zapatos mientras difundían su fe. Con el paso del tiempo, ambos quedaron asociados al oficio de zapatero y San Crispín se convirtió en una figura especialmente vinculada a los trabajadores del calzado.
En Elche, la devoción al santo cuenta con antecedentes históricos anteriores a la actual romería. Sin embargo, la celebración moderna comenzó a tomar forma a mediados del siglo XX, cuando el crecimiento de la industria zapatera reforzó la necesidad de contar con un lugar propio de culto y encuentro.
Según la documentación recogida en la publicación 75 años de las fiestas de San Crispín en Elche (1950-2025), escrita por Francisco de Borja Rodríguez Valverde y patrocinada por la Asociación de Industriales del Calzado de Elche (AICE), existen referencias al culto a San Crispín y San Crispiniano vinculadas a los gremios locales desde finales del siglo XVII.
La fiesta actual se fue consolidando a partir de 1950, año en el que comenzó a hacerse realidad el proyecto de construir una ermita dedicada al patrón de los zapateros.
La primera piedra de la ermita se colocó en aquel periodo y el edificio se convirtió en un punto de referencia para una celebración que acabaría reuniendo a trabajadores, empresarios y familias vinculadas al sector.
La historia de San Crispín es, por tanto, también una parte de la historia económica y social de Elche. Detrás de la romería hay generaciones de hombres y mujeres que trabajaron en fábricas, talleres y pequeños negocios, contribuyendo al desarrollo de una industria que marcó la vida de numerosos barrios de la ciudad.
La ermita que dio nombre a un barrio
La ermita de San Crispín se encuentra en el entorno del polígono de Carrús, una zona cuyo desarrollo urbano estuvo estrechamente relacionado con la expansión de Elche durante la segunda mitad del siglo XX.
Su construcción fue autorizada en 1950 a petición de representantes de la industria del calzado. El proyecto se encargó al arquitecto ilicitano Antonio Serrano Peral, autor también de otros edificios religiosos destacados de la ciudad.
La ermita se levantó en una zona que entonces se encontraba en las afueras, próxima a los depósitos de agua y a la carretera de salida hacia Aspe. Con el paso de los años, el crecimiento de la ciudad transformó aquel entorno, que quedó integrado en una zona urbana cada vez más poblada.
El barrio de San Crispín forma hoy parte de Carrús, una de las grandes áreas residenciales de Elche, con una identidad ligada a la historia obrera y al desarrollo industrial.
La fiesta patronal ha contribuido a mantener el nombre del santo asociado a este espacio urbano. Cada octubre, la romería devuelve a la ermita y a sus alrededores un protagonismo especial, convirtiéndolos en el centro de una celebración que reúne a personas de distintos barrios.
Las mujeres del calzado también ocupan el lugar que merecen
Las fiestas de San Crispín de 2026 han querido destacar de manera especial el papel de las mujeres en la historia de la industria zapatera.
El pregón de esta edición, celebrado el lunes 19 de octubre en el Centro de Congresos Ciutat d’Elx, corrió a cargo de Lidia Segura Sáez y María José Castro Ortiz, dos aparadoras de la empresa Pikolinos con una larga trayectoria profesional.
Su elección ha servido para reconocer a las trabajadoras que, desde las fábricas y los talleres, han contribuido de manera decisiva al desarrollo del sector del calzado en Elche.
El trabajo de las aparadoras forma parte de la memoria de muchas familias ilicitanas. Durante décadas, miles de mujeres participaron en una actividad que requería habilidad, experiencia y muchas horas de dedicación, y que resultó fundamental para la producción de calzado.
Este homenaje conecta la celebración religiosa con la memoria laboral de la ciudad. San Crispín no representa únicamente al oficio tradicional de zapatero, sino también a todas las personas que han participado en la cadena de fabricación y han contribuido a sostener la economía local.
El cartel de las fiestas de este año también ha querido reflejar la transmisión de la tradición entre generaciones. La obra, realizada por Cristina Vázquez, alumna de sexto de Primaria del Colegio Nuestra Señora del Carmen, incorpora la ermita y la imagen del santo como elementos centrales.
Una semana de actos antes del día grande
La romería de este domingo ha puesto el broche a varios días de celebraciones en honor a San Crispín.
El programa de 2026 comenzó el lunes 19 de octubre con el pregón oficial. Entre el miércoles 21 y el viernes 23 se celebró el triduo religioso en la parroquia de Madre de Dios, mientras que el viernes por la noche tuvo lugar la serenata al santo, a cargo de la Coral Blanco y Negro.
El sábado 24 se celebró la tradicional ofrenda de flores, con salida desde la plaza de Barcelona y llegada a la parroquia de Madre de Dios.
El domingo ha llegado el turno de la romería, el acto más esperado de las fiestas. La comitiva ha partido a las 9.30 horas desde la parroquia del Toscar para dirigirse a la ermita de Carrús, donde se ha celebrado la misa de campaña.
Tras el acto religioso, los romeros y romeras han podido acercarse al santo para recoger las tradicionales chinchetas, mientras que los alrededores de la ermita han acogido el ambiente festivo y familiar que caracteriza esta jornada.
El valor de conservar las tradiciones
En una ciudad que ha experimentado importantes transformaciones económicas y urbanísticas, la romería de San Crispín continúa siendo una forma de mantener vivo el recuerdo de quienes contribuyeron a construir su historia.
La celebración ha evolucionado con el paso de los años, pero conserva elementos reconocibles: el recorrido desde Madre de Dios, el paso por las calles de Carrús, la llegada a la ermita, la misa, las chinchetas y el almuerzo compartido alrededor de una coca con sardina.
También ha sabido adaptarse a nuevas circunstancias. La tradición del llamado «Santo Viajero», recuperada en 2024, acerca la imagen de San Crispín a diferentes espacios de la ciudad antes de las fiestas y amplía la relación entre la celebración y los colectivos vinculados al calzado.
La romería es, en definitiva, una celebración en la que conviven la fe, la historia industrial, la gastronomía popular y la convivencia vecinal.
Este domingo, Carrús ha vuelto a ser el punto de encuentro de quienes desean acompañar al patrón de los zapateros y disfrutar de una jornada que forma parte del calendario sentimental de Elche.
Porque hay tradiciones que no necesitan grandes escenarios para conservar su importancia. Basta con una imagen que recorre las calles, una ermita que espera a sus visitantes, unas chinchetas cargadas de significado y una coca con sardina compartida alrededor de una mesa para recordar que la historia de una ciudad también se escribe con las costumbres de sus vecinos.
Paco Ciclón / Testigo de nuestras historias cotidianas/ AFPRESS