Cada fotografía es una interpretación única de la realidad

Hace muchos años comprendí que una cámara nunca fotografía exactamente lo mismo que ven nuestros ojos.

Lo descubrí después de regresar a casa tras una jornada de fotografías. Recordaba perfectamente la luz, el ambiente, los sonidos e incluso las emociones que había sentido al pulsar el disparador. Sin embargo, cuando observé la imagen en la pantalla, entendí que aquella fotografía no era exactamente la realidad que yo había vivido. Era otra realidad. Era la que mi cámara había registrado y, sobre todo, la que yo había decidido mostrar.

Desde entonces hay una pregunta que vuelve una y otra vez a mi cabeza.

¿La fotografía es la realidad o la realidad que ve el fotógrafo?

A primera vista parece una cuestión sencilla. Muchos responderán que una fotografía muestra simplemente lo que había delante del objetivo. Pero después de muchos años detrás de una cámara he llegado a la conclusión de que la respuesta es bastante más compleja.

Dos fotógrafos pueden situarse uno al lado del otro, frente al mismo paisaje, la misma calle o la misma persona. Disparan en el mismo instante, con la misma luz y desde apenas unos centímetros de distancia. Sin embargo, al revisar las imágenes descubrimos que cada una cuenta una historia diferente.

¿Por qué ocurre?

Porque la fotografía comienza mucho antes de pulsar el disparador.

Empieza cuando decidimos dónde colocarnos. Cuando elegimos el objetivo. Cuando buscamos un encuadre y descartamos otro. Cuando esperamos unos segundos para que aparezca una persona, para que una nube tamice la luz o para que una sonrisa transforme un retrato.

En ese momento ya estamos interpretando la realidad.

La cámara no toma decisiones.

Las toma quien está detrás de ella.

He fotografiado el Palmeral de Elche en innumerables ocasiones. También Santa María, el río Vinalopó, las calles del Raval, las playas, las fiestas y tantos rincones que forman parte de la vida cotidiana de esta ciudad. Los lugares siguen siendo los mismos. Sin embargo, mis fotografías han cambiado con el paso de los años.

No porque haya cambiado la cámara. He cambiado yo. Con los años uno aprende que la fotografía no consiste únicamente en mirar. Consiste en aprender a ver.

Y ver significa detenerse.

Observar lo que otros pasan por alto.

Esperar el instante adecuado.

Comprender que la luz transforma un paisaje y que una expresión puede cambiar por completo el significado de un retrato.

Muchas veces escuchamos que una imagen vale más que mil palabras.

Yo no estoy completamente de acuerdo.

Una fotografía no vale más que mil palabras.

Vale exactamente las palabras que sea capaz de despertar en quien la contempla.

Porque una fotografía no termina cuando el fotógrafo pulsa el disparador.

Empieza cuando otra persona la observa.

Cada espectador aporta sus recuerdos, sus emociones, sus vivencias y su manera de entender el mundo. Por eso una misma imagen puede provocar alegría en alguien y nostalgia en otra persona. Puede transmitir esperanza o tristeza. Puede emocionar o pasar completamente desapercibida.

La fotografía es también un lenguaje.

Y como cualquier lenguaje, nunca se interpreta exactamente igual.

Vivimos una época en la que millones de fotografías se hacen cada día con un teléfono móvil. Nunca había sido tan fácil fotografiar absolutamente todo.

Paradójicamente, nunca habíamos dedicado tan poco tiempo a mirar antes de hacer una fotografía. Disparamos por costumbre. Por inercia. Por llenar una memoria que probablemente nunca volveremos a revisar. Quizá por eso cada vez valoro más aquellas fotografías que nacen de la paciencia. Las que esperan el instante. Las que buscan una historia antes que un simple encuadre.

A todo ello se suma ahora la inteligencia artificial, capaz de crear imágenes de una calidad extraordinaria sin necesidad de que exista una cámara ni un instante real.

Es un avance tecnológico impresionante y con enormes posibilidades creativas. Pero precisamente por eso la fotografía realizada por una persona adquiere un valor aún mayor. Porque detrás de una fotografía auténtica no solo hay una cámara. Hay una mirada. Hay una decisión. Hay una emoción. Hay un momento que jamás volverá a repetirse.

No desconfío de la tecnología. Al contrario, la utilizo y la considero una herramienta extraordinaria cuando se emplea con honestidad. Lo que nunca debería desaparecer es la capacidad humana para observar. Para emocionarse. Para contar historias con la luz.

La próxima vez que contemples una fotografía, no te preguntes únicamente qué estás viendo. Pregúntate también quién estaba detrás de la cámara. Qué sintió. Qué quiso contarte. Y por qué decidió pulsar el disparador exactamente en ese instante y no un segundo antes o un segundo después.

Tal vez entonces descubras que una fotografía nunca retrata únicamente el mundo. También retrata a quien decidió mirarlo.

 

Paco Ciclón / Testigo de nuestras historias cotidianas/ AFPRESS

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